2 – Rebecca Lissman: Dulce tormento cotidiano.
Llega la hora de vestirse y salir. Mientras me quito el pijama dejo la cafetera en el fuego, preparando el café. Lentamente deslizo el pantalón y la camiseta por mi cuerpo, librándome de esa cadena llamada moda que hasta en la intimidad de tu cama te acorrala. Cuando estoy desnuda, con mi pecho al aire y mis piernas sintiendo el dulce abrazo de la luz que pasa a través de las cortinas, me siento libre, como los primeros seres humanos de esta tierra, lejos de preocupaciones y de obligaciones.
Cada prenda que me pongo pasa sobre mi como un viajero independiente, conformando lo que soy y lo que puedo dar de mí. El café ya está listo, pero sé que no lo necesito para mantenerme despierta. En cierto lugar leí, u oí, que cuando padeces de insomnio, nunca estás del todo dormido, y nunca estás del todo despierto. Ahora yo soñaba despierta, y me despertaba en sueños, tan reales como terroríficos. Siempre había tenido problemas para dormir por las noches, pero se agravaron hace unos seis meses. Pero aunque solo hubiese pasado ese tiempo, en mi memoria no se conserva ni un solo recuerdo de una época en la que durmiese plácidamente.
El camino al trabajo es como cada día. En el autobús estoy sola, al lado de personas que piensan en sus cosas, absortos de la realidad que les rodea. Un autobús es como una gigantesca cápsula en la que estás a solas delante de cientos de ojos observándote. Me pregunto, mientras oteo el singular paisaje de hierro, plástico y seres orgánicos, si estas personas duermen bien por las noches. Pero no hay manera de saberlo.
Al bajar del autobús y comenzar a bajar la calle en dirección al banco donde trabajo, la soledad no hace mas que verse condimentada con miles de ojos mas. Andando, un hombre se choca conmigo. Se cae al suelo una pequeña carpeta marrón que llevaba en la mano. Me mira, sus ojos verdes me parecen menos vacíos que cualquiera de los que hay allí. Está bastante demarcado, viste ropa esperpéntica y sobre la cara le descansan miles de pelos, agrupándose en una descuidada barba de dos o tres días.
-Lo siento.- Le digo. Él me devuelve una sonrisa y me dice que la culpa también es suya, recoge su carpeta y se va. Continuo mi camino hasta llegar al banco, donde entro y avanzo hasta mi silla. Conecto el ordenador, dejo mis cosas en el suelo y voy a por otro café.
Los clientes van y vienen: quieren abrirse nuevas cuentas, cancelar sus tarjetas de crédito o hacerse unas nuevas. Pero nadie, absolutamente nadie, viene con una cara amable y sonriente. No me preguntan “¿Qué tal estás, Rebecca? Tienes mala cara”, ni siquiera los clientes mas antiguos. Ni siquiera mi jefe. Ni siquiera mis compañeras.
A la hora de comer, Trisha se acerca a mí. Su pie, color chocolate, contrasta con ese color de labios, que a mi me parece mas rojo de lo normal. Me enseña sus zapatos nuevos, dice que le han costado un pastón.
-¿Son bonitos, eh?- Me pregunta
-Son para andar- Le digo. Se ríe descaradamente y se va. Se siente especial. Ojala lo que ami me hace sentir especial en estos momentos no se pueda comprar. Y esq ue no hay dinero para pagar el sueño.
Una melodía de saxofón resuena en mi cabeza cuando vuelvo hacia la para del autobús, para regresar a casa. Cuando la parada está apenas a unos pocos pasos, decido ir andando. Aún es pronto, así que pienso que puedo despejarme andando un poco.
Para llegar a casa, tengo que atravesar un gran parque del que nunca recuerdo el nombre. No se parece al parque de mis sueños: no hay ningún hospital y los perros no me recuerdan a esa horrible pesadilla.
Ando hasta un banco. Me quedo quieta, observandolo, solitario, quieto. Me siento en el tranquilamente. En el banco de al lado hay un hombre de pelo negro largo, chaqueta de cuero y vaqueros que lleva a su lado una guitarra. Junto a el, se sienta un hombre de pelo rizado y revoltoso, ojos marrones y bastante alto. Están hablandode sus cosas. Cierro los ojos y suspiro, sin poder evitar oirles hablar.
-¿Entonces ha sido niño?-Dijo uno de ellos - ¿Como lo habéis llamado?
-Como el hijo del protagonista de tu libro
Se ríen, se levantan y se van. Yo me quedo sola, en el parque vacío y muerto, reflexionando y pensando.
Pobre Rebecca, tener insomnio es horrible y aún por encima con esas pesadillas...
ResponderEliminarEsta historia la presentas gris y lúgubre, resulta increíblemente misteriosa y engancha bastante, de momento sólo he leído dos capítulos y el prólogo así que no puedo decir gran cosa pero espero que, aunque pobre, leas de buena gana mi comentario xD