Dathan May

Dathan May
"La mejor manera de expresar la mala ostia es con una sonrisa... mientras te cargas lo primero que pilles contra la puta pared"
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jueves, 24 de junio de 2010

Dementes (2)

2 – Rebecca Lissman: Dulce tormento cotidiano.


Llega la hora de vestirse y salir. Mientras me quito el pijama dejo la cafetera en el fuego, preparando el café. Lentamente deslizo el pantalón y la camiseta por mi cuerpo, librándome de esa cadena llamada moda que hasta en la intimidad de tu cama te acorrala. Cuando estoy desnuda, con mi pecho al aire y mis piernas sintiendo el dulce abrazo de la luz que pasa a través de las cortinas, me siento libre, como los primeros seres humanos de esta tierra, lejos de preocupaciones y de obligaciones.


Cada prenda que me pongo pasa sobre mi como un viajero independiente, conformando lo que soy y lo que puedo dar de mí. El café ya está listo, pero sé que no lo necesito para mantenerme despierta. En cierto lugar leí, u oí, que cuando padeces de insomnio, nunca estás del todo dormido, y nunca estás del todo despierto. Ahora yo soñaba despierta, y me despertaba en sueños, tan reales como terroríficos. Siempre había tenido problemas para dormir por las noches, pero se agravaron hace unos seis meses. Pero aunque solo hubiese pasado ese tiempo, en mi memoria no se conserva ni un solo recuerdo de una época en la que durmiese plácidamente.


El camino al trabajo es como cada día. En el autobús estoy sola, al lado de personas que piensan en sus cosas, absortos de la realidad que les rodea. Un autobús es como una gigantesca cápsula en la que estás a solas delante de cientos de ojos observándote. Me pregunto, mientras oteo el singular paisaje de hierro, plástico y seres orgánicos, si estas personas duermen bien por las noches. Pero no hay manera de saberlo.


Al bajar del autobús y comenzar a bajar la calle en dirección al banco donde trabajo, la soledad no hace mas que verse condimentada con miles de ojos mas. Andando, un hombre se choca conmigo. Se cae al suelo una pequeña carpeta marrón que llevaba en la mano. Me mira, sus ojos verdes me parecen menos vacíos que cualquiera de los que hay allí. Está bastante demarcado, viste ropa esperpéntica y sobre la cara le descansan miles de pelos, agrupándose en una descuidada barba de dos o tres días.


-Lo siento.- Le digo. Él me devuelve una sonrisa y me dice que la culpa también es suya, recoge su carpeta y se va. Continuo mi camino hasta llegar al banco, donde entro y avanzo hasta mi silla. Conecto el ordenador, dejo mis cosas en el suelo y voy a por otro café.


Los clientes van y vienen: quieren abrirse nuevas cuentas, cancelar sus tarjetas de crédito o hacerse unas nuevas. Pero nadie, absolutamente nadie, viene con una cara amable y sonriente. No me preguntan “¿Qué tal estás, Rebecca? Tienes mala cara”, ni siquiera los clientes mas antiguos. Ni siquiera mi jefe. Ni siquiera mis compañeras.


A la hora de comer, Trisha se acerca a mí. Su pie, color chocolate, contrasta con ese color de labios, que a mi me parece mas rojo de lo normal. Me enseña sus zapatos nuevos, dice que le han costado un pastón.


-¿Son bonitos, eh?- Me pregunta


-Son para andar- Le digo. Se ríe descaradamente y se va. Se siente especial. Ojala lo que ami me hace sentir especial en estos momentos no se pueda comprar. Y esq ue no hay dinero para pagar el sueño.


Una melodía de saxofón resuena en mi cabeza cuando vuelvo hacia la para del autobús, para regresar a casa. Cuando la parada está apenas a unos pocos pasos, decido ir andando. Aún es pronto, así que pienso que puedo despejarme andando un poco.


Para llegar a casa, tengo que atravesar un gran parque del que nunca recuerdo el nombre. No se parece al parque de mis sueños: no hay ningún hospital y los perros no me recuerdan a esa horrible pesadilla.


Ando hasta un banco. Me quedo quieta, observandolo, solitario, quieto. Me siento en el tranquilamente. En el banco de al lado hay un hombre de pelo negro largo, chaqueta de cuero y vaqueros que lleva a su lado una guitarra. Junto a el, se sienta un hombre de pelo rizado y revoltoso, ojos marrones y bastante alto. Están hablandode sus cosas. Cierro los ojos y suspiro, sin poder evitar oirles hablar.


-¿Entonces ha sido niño?-Dijo uno de ellos - ¿Como lo habéis llamado?


-Como el hijo del protagonista de tu libro


Se ríen, se levantan y se van. Yo me quedo sola, en el parque vacío y muerto, reflexionando y pensando.

martes, 29 de diciembre de 2009

Dementes (1)

1- Rebecca Lissman: Noches de luz.


Sintiendo el frío en mi pecho suelto el dulce regalo que a veces la cordura me ofrece. El sol aun no ha hecho ademán de surgir. Miro el reloj, solo son las cuatro de la mañana. Mi último recuerdo de la noche es mirar ese mismo reloj y ver que eran las tres y media. La cabeza retumba como si fuese un tambor. Pruebo mil y una posturas, pero ninguna me resulta cómoda.


Oigo un ruido fuera de la habitación. Me levanto, temblorosa, palpo la pared hasta encontrar el interruptor de la luz, y lo presiono. El fogonazo es tal que parece como si todo lo que hay a mi alrededor vaya a incendiarse de un momento a otro.


Observo lentamente la habitación. Todo es blanco y solo hay una cama en una esquina, también blanca. Está todo muy vacío, como si se hubiese acabado el mundo. No reconozco nada, así que dudo al acercarme, paso a paso, a la puerta, preguntándome donde están mi armario, mi mesita de noche con mi reloj. La puerta se alza ante mí, blanca, fría como el hielo. Extiendo la mano hasta el picaporte. Al tocarlo aparto la mano instintivamente: está ardiendo.


Me muerdo el labio, aguanto el dolor y oprimo el picaporte con fuerza. Intento bajarlo, pero está muy duro. Fuerzo y fuerzo, y finalmente va bajando lentamente. Empujo la puerta y la luz de la habitación blanca resalta con la oscuridad que hay fuera.


No se ve nada, todo está frío. Doy un paso y mi pie tropieza con algo. Me agacho lentamente a recogerlo, palpando el suelo en busca de ese objeto. Lo aferro con fuerza una vez lo he encontrado y lo levanto. En ese instante, una tenue luz aparece. Estoy al lado de una farola, que se acaba de encender. Poco a poco, todas las farolas se encienden, iluminando un parque que me resulta familiar. Miro lo que tengo en mis manos, es una pistola.


Mi primer impulso es soltarla, pero luego decido aferrarla fuertemente y comenzar a andar. Tirito de frío, todo me da vueltas por la falta de sueño. Comienzo a andar, paso a paso. En mi cabeza resuena el eco de un goteo incesante, que va cortando a cada gota mi piel como si fuese un bisturí. Comienzo a caminar lentamente, mientras el ruido se hace más fuerte.


Comienzo a oír un gruñido. Aferro mi arma y busco con mi mirada el origen del sonido. Veo como unos matorrales, a un lado del camino transitable, se mueven. De ellos, saltando la pequeña verja de metal de un color marrón oscuro, sale un perro blanco, muy pequeño, temblando de frío.


-Pequeño- Digo, sonriente. El alma se me tranquiliza y me agacho para llamarle e intentar consolarle. El perro me mira con pavor, temiendo la figura de una desconocida como yo. Intento sonreír, y digo con toda la dulzura posible- Ven, tranquilo.


El perro se acerca a mi dubitativo. Cuando está a mi alcance, le paso la mano suavemente por el lomo. Despues, le acaricio la oreja y finalmente el hocico. En cuanto intento apartar la mano, el perro me muerde. Sus colmillos se clavan en mi mano, derritiéndome de dolor. Todo está frio y, de nuevo, el calor emana de sus dientes, recorriendo todo mi cuerpo desde la herida de la mano, subiendo por el brazo y extendiéndose por todo mi cuerpo hasta llegar a mis pies y expandirse por el suelo de ese solitario y oscuro parque.


Golpeo al perro con la culata y suelta mi mano, pero salta sobre mi. ME sorprende que un perro tan pequeño pese tanto y tenga tanta fuerza. Intenta morderme en la cara, pero le paro con la mano que no sujeta la pistola. Hago fuerza y fuerza. No me queda otro remedio. Poso el cañon sobre su cabeza y aprieto el gatillo.


Un sonido estruendoso que se mantiene en el aire por segundos hace que me salpique de sangre. Me levanto corriendo, me limpio la sangre de la cara, asustada y asqueada. Busco el cadáver del perro, pero no está. Solo queda un charco de sangre en el suelo.


Continuo avanzando por el camino de baldosas que ahora me fijo que lleva guiándome. Poco a poco, la distancia entre las baldosas es mayor, dejando ver un suelo de tierra negra que en ocasiones parece que se mueve. Cuando me quiero dar cuenta, estoy descalza, y noto como el frío va recorriendo mi cuerpo otra vez. Empiezo a hartarme de esos cambios de temperatura, pero el camino ya está empezado, y no puedo volver a atrás.


De repente, en toda la oscuridad veo un edificio blanco, de forma rectangular, bastante bajo y ancho. Encima de una doble puerta de cristal descansa una cruz de un rojo sangre intenso. Delante de la puerta, un hombre sin rostro lleva una bata blanca, y diría que me mira, pero no tiene con que. Escucho en mi cabeza, salidas de ningún lugar, palabras de una voz que me resulta, como todo esto, conocida.


-Bienvenida, Rebecca


Me parece intuir una sonrisa en el hombre sin rostro. Todo es muy extraño. Según voy mirando la semblante de ese monstruo, un dolor empieza a crecer dentro de mí. Ya no siento no frío ni calor, solo dolor y mucho, mucho miedo.


-No la estas usando correctamente


Miro a mi mano y veo de nuevo la pistola. El dolor aumenta. No lo dudo un segundo, apunto hacia el hombre sin rostro y disparo. La bala desaparece, quizás nunca salió del cañón.


-Ese arma no es para atacar a los demás. Es para salvarte.


Todo empieza a derrumbarse lentamente, el escenario del hospital se derrumba pieza a pieza, como el rompecabezas que se encuentra en una mesa que está siendo volcada. Todo va desapareciendo menos yo, el hombre sin rostro, y la pistola. Empiezo a escuchar el ladrido suave del perro al que acabo de matar, y de pronto lo veo, vivo, acariciando con su cuerpo las piernas del doctor. Miro el arma, la elevo lentamente. Poso el cañón en mi sien, y aprieto el gatillo.


Sintiendo el frío en mi pecho suelto el dulce regalo que a veces la cordura me ofrece. Palpo la mesita de noche en busca del reloj y lo miro, son las cuatro de la mañana. Mi último recuerdo fuera de ese mundo de pesadilla es mirar ese mismo reloj y ver que eran las tres y media.


miércoles, 23 de diciembre de 2009

Dementes (0)

0 - Travis Lake: Una noche para olvidar

Cómo me gustaría volver al inicio del papel y volver a reescribirlo todo con mi pluma.

Apesta, todo está oscuro y no puedo ni verme las manos por la neblina provocada por el humo del tabaco, de todos los cigarrillos que hay esparcidos por ahí. Apenas alcanzo a ver el vaso bajo con hielo y whisky, bourbon, mejor dicho, que hay justo delante de mí. A lo largo de la barra de este oscuro bar hay fracasados iguales o mayores que yo, bebiendo para olvidar sus penas.

La radio está puesta, suena un éxito de Rock de los ochenta. Bebo un trago de rojo elixir, la boca me arde, el pecho también cuando trago, aunque el bourbon está jodídamente frío. Me duele la cabeza, estoy siendo obligado a tragar un humo que no es mío. Yo ya llevo tres años sin fumar. Fumar me trae malos recuerdos.

Por azar, giro la cabeza hacia la izquierda. Una chica rubia, de ojos muy claros y labios esponjosos y rojos está sentada a mi lado. El pelo le cae, formando bucles, su nariz es resultona, sus dientes blancos. Es alta, diría que mide mas o menos como yo. Lleva un vestido rojo, tan rojo como sus labios, y unos zapatos de tacón con el mismo color. Qué típico, parece un sueño, una ilusión, quizás lo sea.

Está rebuscando en su bolso, delante de ella hay un vaso, como el mío, vacío. La observo unos instantes, recorriendola con la mirada. Comprendo qué es lo que busca, chasqueo los dedos y digo.

-Camarero, un vaso de Jack Daniel's para la señorita.

Me mira, le miro. Me sonríe, le sonrío. El camarero le sirve el vaso de alcohol y ella le pega un trago suave.

-Ha sido muy amable- Me dice.

-Soy mayor, pero no tanto como para que me trates de usted.

-No puedo tutearle si no se su nombre.- Se está insinuando, Bonita forma de empezar la noche.

-Travis Lake, almenos así figura en el registro civil.

-¿Eres americano, Travis?- Me pregunta.

-Me temo que no se imitar el acento inglés tan bien como los nativos de aquí.

Se ríe. No se qué hace ella en un pub de mala muerte como es El Winchester, debe de estar muy desesperada, aun no se su nombre. Quizás debería...

-Yo te he dicho mi nombre, pero no se cual es el tuyo.

-Amanda- Me dice- Amanda Ford. Y a diferencia de tí. Yo sí que soy de Londres.

Una londinense en Londres, me pregunto si es que nunca ha conocido mundo, si nunca ha salido de esas cuatro paredes que solemos llamar “patria”. Miro a Amanda, contemplo esa sensualidad roja, que ya no está al alcance de un hombre achacado por la edad. Siempre pensé que sería peor, que a los casi 50 años no podría moverme, sentado en una silla de ruedas, alimentándome con tubos. Pero las cosas no eran así, eran mucho peores.

-Me gustan los maduritos interesantes como tú- Dijo, pegando un trago al vaso que le habían servido gracias a mí.

-Y tienes la delicadeza en el culo, puta guarra

-Me gusta que digas esas cosas tan bonitas

No sabía qué le había dicho, pero estaba seguro que las palabras que yo recordaba haber mencionado no habían salido de mi boca. La noche empezaba mal.

Amanda se recogió sobre si misma y apoyó su cabeza contra mi hombro. Suspiró unos segundos y el vello de todo mi cuerpo se erizó.

-Algún capullo ha dejado aparcado fuera un camión, y he tenido que aparcar mi choche tres calles mas abajo.

-Siento ser un capullo.- Dije, puesto que el camión era mío.

-No quería parecer grosera- En ese instante todo se volvió negro, y solo vi a Amanda mover sus labios, y pronunciar las palabras – Mátame esta noche, así me castigaras.

Parpadeé. Al volver a abrir los ojos, todo volvía a estar en su sitio, y Amanda seguía apoyando su cabeza con los ojos cerrados, ajena a todo lo que estaba pasando en mi cabeza.

Estaba muy borracha para conducir, ya había llegado al bar así. Pensé que era un milagro que no se hubiese matado con el coche. La ayudé a subir a mi camión, y allí se quedó dormida, en el asiento del copiloto. Toda la cabina apesta al alcohol, rezo para que ningún guardia de tráfico nos pare, abro la guantera y saco una pequeña libreta negra. Hojeo mas de sesenta páginas hasta llegar a una en blanco. Pongo la fecha de hoy, Diecisiete de Abril del año dos mil treinta y dos. Es curioso como el mundo en 50 años pasó de estar en constante progreso a no cambiar en absoluto. Recuerdo que cuando yo era niño, la gente soñaba con coches voladores, gente mas longeva y joven y un nivel de vida mayor. Pero todo era jodidamente igual desde hace veinte años. Así de mierda es el progreso.

Conduje hasta mi casa, la ayudé a bajar y la tumbé en mi cama. Ella se despertó y empezó a refunfuñar como una gata en celo. Se quitó suavemente los tacones, dejando ver unos pies lisos y perfectos. Me quedé embobado mirándolos, deseando empezar allí y no acabar hasta recorrer todo el cuerpo. Entré en el baño para lavarme la cara y despejarme un poco mientras Amanda se ponía más cómoda.

Abrí la tapa del váter y comencé a descargar todo el alcohol que había bebido, aunque no estaba ni la mitad de borracho que Amanda. Empecé a notar como un frío me abrazaba, haciendo que todos mis huesos se quebrasen y mis musculos se desgarrasen. Pero yo seguía de pie, frente a la tapa del váter.

Cuando acabé me giré y le vi. El pelo negro, oscuro como los ojos de Hades. Esbelta figura, alto y delgado, vestido con un traje negro, camisa blanca y corbata también negra. Tenía el pelo peinado hacia atrás y estaba recién afeitado. Y segregaba un olor maravilloso, como el olor de un campo infinito con mas de diez mil clases de flores olorosas en perfecta armonía.

-Adelante, Travis, ya sabes lo que tienes que hacer.

Observé el irónico contraste, el tán joven, bello y arreglado y yo viejo, canoso, con barba de tres días, ojeras en los ojos y temblores en las manos. Empecé a temblar con mas fuerza mientras le miraba, hasta que finalmente desapareció.

Entré en mi cuarto, todo oscuro, la cama al lado de la ventana, y al lado una cómoda. Y junto a la puerta, un equipo de música. Amanda de miró sonriente, yo le devolví la mirada y busqué entre mi discoteca cierto álbum. Lo saqué de su caja una vez lo encontré y lo puse en el equipo, bajé el volumen, cogí el mando del aparato de música y lo dejé encima de la cómoda.

Me tumbé encima de ella, mientras sonaba “Show must go on”. Rocé mis labios con los suyos y despues, con la nariz, aspirando su aroma, recorrí su cuerpo desnudo: su vientre, su ombligo, su entrepierna, sus rodillas, sis pies. Una vez llegué a la punta del dedo gordo, comencé a subir, dando suaves besos a cada zona por la que pasaba. Subí de nuevo por su entrepierna y su vientre hasta llegar a sus pechos. Los besé con dulzura mientras alargaba la mano hacia la cómoda.

-Sigue... Sigue- Gemía ella. Agarré el mando del equipo de música y subí el volumen. La voz de Freddie Mercury gritaba con pasión que el espectáculo debía continuar.- ¿Qué haces?- Preguntó

Arrojé el mando al suelo, haciendolo estallar en pedazos, y me puse encimas de ella. Le rodeé el cuello con mis manos y apreté. Los ojos se salían de mis cuencas, mis dientes se apretaban con tanta fuerza que parece que se iban a salir también. Mi semblante poco a poco se convertía en la de aquel visitante de pelo y traje negros, recién afeitado y de aroma embriagante. Yo lo observaba todo desde la puerta. Amanda se resistía, arañaba con fuerza la cara de su asesino, pero el dolor no notaba yo. Ella quería gritar, pero el leve sonido que podía llegar a emitir lo tapaba la apasionante música de Queen. El vecino golpeaba la pared, quejándose. Y mientras Amanda se revolvía sobre si misma, pidiendo vivir, por última vez, el joven me dijo:

-Estos putos vecinos, no tienen cultura musical.

Y cuando todo acabó, volví a encontrarme encima de ella, ahora muerta, y sabía que aunque yo hubiese visto como otro la mataba, su asesino era yo. Era yo y a la vez no lo era, por que aunque mi cuerpo fuese el que la estaba matando, no lo era la mente. Era su mente, la mente de un asesino, la mente de un Némesis.

Bajé el cuerpo de Amanda a mi camión, la senté en el asiento del copiloto y conduje durante horas, y horas, hasta llegar a tramos de la carretera donde apenas había vigilancia y aun menos civilización. Paré, cogí la libreta de la guantera y saqué el cuerpo de Amanda. Lo dejé en el suelo y lo arrastré hasta fuera de la carretera. Volví al camión a por gasolina y una cerilla. Rocié el cuerpo de Amanda lentamente y después encendí la cerilla. La miré fijamente, dudando de si debía hacerlo, pero finalmente lancé la cerilla contra su cuerpo, pero el viento apagó el fuego antes de que esta llegase a su objetivo.

-Qué mala suerte, ¿Eh?- Me susurró Némesis desde lo mas profundo de mi mente, acompañado de una risa horrible. Encendí otra cerilla y esta vez fui mas rápido a la hora de lanzarla, y el cuerpo de Amanda comenzó a incendiarse. Saqué mi libretita negra y un boli, fui a la primera hoja en blanco que había y escribí únicamente “Cómo me gustaría volver al inicio del papel y volver a reescribirlo todo con mi pluma”.

lunes, 21 de diciembre de 2009

Dementes (Prólogo)


Prólogo.

Todo está oscuro, aunque sea de día. Todo está oscuro en los corazones de la ciudad, de las gentes que la pueblan. Caminando por la calle como simples marionetas, esclavas de su tiempo, de sus obligaciones profesionales y no de sus obligaciones morales.


Por la calle caminan personas que venderían a su madre por un puñado de papeles pintados por la casa de la moneda. Papeles que simbolizan el poder de hoy en día. Pocos hay que no busquen este símbolo de poder u otro objetivo que lleve por medio estos curiosos objetos.


Entre toda esa gente gris hay un punto rojo. Una persona que no es normal, alguien que no piensa como los demás. Va andando entre la gente, pasando a su lado. La afilada hoja de el arma que lleva en sus manos corta fácilmente los tendones que unen los huesos de sus cuerpos. Sus miembros caen o salen volando y la sangre lo empaña todo. Pero nadie grita, todos siguen su camino, ajenos al dolor de aquellos que han sido victima del arma roja.


El punto rojo va haciendo desaparecer personas grises a su paso. Mientras corta y desgarra la carne piensa en la hipocresía de aquellos que se sienten orgullosos de sí mismos por que pertenecen a los límites de “lo normal”. Pero por mas que nuestro amigo rojo avanza, mutilando a más y más personas, los demás viandantes ni se giran a contemplar lo ocurrido, no socorren a sus vecinos, solo caminan, sorbidos en su mundo, sin más preocupaciones que cómo de llenos están sus bolsillos.