Dathan May
"La mejor manera de expresar la mala ostia es con una sonrisa... mientras te cargas lo primero que pilles contra la puta pared"
sábado, 26 de junio de 2010
Cartas a mí mismo (3)
Cuando se tiene mi edad, es muy dificil ser objetivo e imparcial. Qué cojones, es dificil ser objetivo e imparcial siempre: somos ampliamente sugestionables, nos falta frialdad por que vivimos en una burbuja, una burbuja no creada por nosotros.
Anoche terminé de ver "Capitalismo, una historia de amor", la cual llevaba tiempo deseando acabar del todo. Aldous Huxley dijo que "El mundo llegara a ser una distopía. Y será mas peligrosa por que la gente no sabrá que está siendo controlada". El mundo vaticinado por Huxley no está cerca: ya está aquí.
Dejadme que os cuente una historia. El protagonista no es un ser humano, tampoco un perro, ni un gato. No es nada vivo. Lo llamaremos DPI. El DPI es algo que provoca mucha felicidad dentro de un ámbito de desolación. Imaginaos que teneis una bolsa que os crea un poco de dinero cada día. Todos los días a las 10 de la mañana, podeis meter la mano en la bolsa y os sacareis unos euros. Bueno pues DPI se encarga de que, cuando esa bolsa se rompa, podais recibir ciez veces mas dinero del que recibíais al día, de una sola vez.
Un chollo ¿no?. ¿Sabeis, acaso, lo que significa DPI? Son las siglas en ingles, del Seguro del Campesino Muerto. Con este macábro chiste los cerdos que se bañan a la par en su dinero y en su mierda (poca diferencia hay entre uno y otra)llaman a los seguros de vida que hacen a sus empleados. Ellos contratan un seguro, y cuando el empleado se muere, se pueden llegar a embolsar millón y medio de dólares. Amigos... ¡TRABAJAIS PARA ALGUIEN QUE OS QUIERE MUERTOS!
Esta atrocidad, a parte de enriquecer a los pobres ricos y de hacer llorar a las putas familias, es una representación de lo que decia Huxley. Para nuestros jefes, estamos mejor muertos. Es decir, no les importamos. Nos engañan en vida para despues beneficiarse de nuestra muerte. Pero os dire algo de lo que tienen mucho pavor, amigos míos. Si nosotros nos estremecemos de un payaso asesino o de una crisis financiera... ¿Sabeis de que se estremecen ellos?
De nosotros, de nuestras mentes, de nuestros votos.
De nuestro poder.
Tenemos el poder en nuestra mano. Pensemoslo, somos la aplastante mayoría. Si no viviesemos en nuestra burbuja podríamos cambiar el mundo en un abrir y cerrar de ojos.
Pero para ello, ya se ocupan de administrarnos Soma y hacernos creer que nuestra vida es feliz. En fin, yo me voy a fumarme un cigarro mientras me alegro de todavía tener una casa, por que yo también he caido en la trampa.
viernes, 25 de junio de 2010
Cartas a mí mismo (2)
Hoy me he preguntado si yo soy un patriota o un filósofo. Creo que la respuesta es que soy un escritor, una especie afortunadamente en extinción. Somos peligrosos, muy peligrosos (por algo el tío Platón no nos quería en su súper Repu).
Cuando uno admira a escritores como Michael Moore o Graham Greene y decide empezar a escribir, se siente en la obligación de hacer algo por el mundo, de que su obra tenga sentido. Pero con el tiempo he aprendido que si un escritor tiene un mal día, intenta trasmitir un mensaje, si tiene un buen día, intenta entretener.
Pero incluso cuando tengo un buen día, me doy cuenta de que lo que escribo no es tan superficial como me gustaría que fuese. Montaigne dijo que escribir no lleva a la miseria, nace de la miseria (moral, en realidad, como apuntaba cierta persona bastante inteligente).
Stephen King dijo una vez que para ser buen escritor era necesario leer cuatro horas al día y escribir otras tantas. A mí me gustaría corregirle: para ser buen escritor, hace falta estar al menos cuatro horas al día culturizandose, y otras tantas creando. No necesitas estar esas cuatro horas de creacion frente al papel, por que si no lo planificas te pueden salir dos cosas: chufas o maravillas. Pero a mí no me gusta arriesgarme: prefiero tener chufas preparadas.
Pero, ¿como podemos tener tanto tiempo para nuestros quehaceres literarios en un mundo tan apretado como este? A veces parece que tengamos dos alternatívas: ser escritores o ser alguien en la vida. Ya que el estado nos brinda una educación insuficiente (o almenos, más deficiente que antes), ¿cómo vamos a aprender para escribir? Sí, nos enseñan que la suma de los cuadrados de los catetos (uys) es igual al cuadrado de la hipotenusa. Pero ¿por qué no nos enseñan otras cosas?
Yo lo sé, por que esas otras cosas no sirven de nada en la vida. No si nos las enseñan, debemos ser nosotros quienes las forjemos con nuestras experiencias vitales. Que nos enseñen a ser buenos ciudadanos en lugar de prepararnos para el tío Platón o el colega Nietszche, que den cursos sobre como ponerse un condon o que rueden películas con tanto sexo que les salen por las orejas. Así consiguen nada y todo a la vez, consiguen convertirnos en marionetas despreocupadas que pasan su tiempo pensando en con quién saldrán hoy o qué droga me meteré, por que a me enseñarán a tratar (bien o mal) a una mujer o cómo debe realizarse el acto sexual.
Y es que creo que soy el último hombre que para aprender a besar practicó con su almohada.
jueves, 24 de junio de 2010
Cartas a mí mismo (1)
Hace poco, leí de un libro de Michael Moore que la adolescencia es una epoca donde te sientes desplazado en un luhgar donde los profesores quieren librarse de ti de repente y eres el único que no folla. La adolescencia es algo maravilloso: palizas casi diarias (ya seas el que da o el que recibe, ¡siempre es alentador recibir muestras de cariño tan... contundentes!) o, en su defecto, apartas la cara para no involucrarte en la pelea.
Ah, si, la adolescencia, que época tan sufrida. Eres un romántico y a la vez un salido con el pene tan grande que casi no te cabe en los pantalones (hablo de los hombres, puesto que la adolescencia de las mujeres no la conozco de primera mano y no quiero entrar en tópicos). Pero tanto para hombres como para mujeres la adolescencia tiene algo muy importante, y eso sí que es igual para hombres que para mujeres: nos formamos para lo que seremos el día de mañana. Es por ello que no debemos pensar en esos abusones que nos dan palizas o en esos amigos que follan y tienen ligues a diario mientras que tu sigues esperando a perder esa amiguita llamada virginidad (¿Nadie ha pensado nunca despedirse de ella con música triste, un par de pañuelos y un grito de "no te olvidaré?"), por que en tu mente adolescente tergiversas el famoso dicho y lo transformas en "la virginidad es lo último que se pierde". Pasas noches y noches soñando contigo mismo a los 70 años y sin haber follado nunca.
Y eso está muy mal.
El sexo es algo maravilloso, puede formar parte del amor o no. No es para que lo destrocemos pensando que nunca lo alcanzaremos cuando en la adolescencia hay muchas cosas mejores de lo que pensar. Los políticos ven a los jóvenes de hoy en día como unos salidos (sí, señor, la ley del aborto fortalecerá mas jovencitos follando sin control y sin miedo, en lugar de ayudar a jovenes madres tan asustadas de sus padres que intentan abortar solas y acaban muertas. ¡Gran sabiduría la de los mandamases!
Pobrecitos, lo único que quieren es crear una vida mejor para nosotros eliminando horas de filosofía, reduciendo la selectividad a un juego de niños y dejando que pobres niñas musulmanas lleven el burka donde quieran. ¡Y NOSOTROS SE LO PAGAMOS ODIANDOLOS! ¿No veis lo que están haciendo por nosotros, sucios patanes?. Quieren crear un país como ellos, que ni sepan leer, ni formar frases, ni pensar, ni nada de nada. Nos tienen encadenados en un sistema donde se pisotean los derechos de las personas menos favorecidas, alardean de ideas socialistas cuando son tonterías mas grandes que el culo de falete (sin ofender, tron.) Y es que hoy en dia, las siglas PSOE significan Pseudo SOcialismo Español. Somos el hazmereír de la política mundial. Y ser el hazmerreír de una política tan vacía y vana como la actual no es nada bueno.
Antes de pensar en cómo llamar a la expresión de amor legal de dos personas del mismo sexo, sobre si es lícito o no aprobar un estatut de autonomía o de qué coprbata les quedará mejor para lamerle el culo al rey como si fuese un helado de chocolate, que piensen un poco y que conviertan a España en un lugar mejor para vivir.
Dementes (2)
2 – Rebecca Lissman: Dulce tormento cotidiano.
Llega la hora de vestirse y salir. Mientras me quito el pijama dejo la cafetera en el fuego, preparando el café. Lentamente deslizo el pantalón y la camiseta por mi cuerpo, librándome de esa cadena llamada moda que hasta en la intimidad de tu cama te acorrala. Cuando estoy desnuda, con mi pecho al aire y mis piernas sintiendo el dulce abrazo de la luz que pasa a través de las cortinas, me siento libre, como los primeros seres humanos de esta tierra, lejos de preocupaciones y de obligaciones.
Cada prenda que me pongo pasa sobre mi como un viajero independiente, conformando lo que soy y lo que puedo dar de mí. El café ya está listo, pero sé que no lo necesito para mantenerme despierta. En cierto lugar leí, u oí, que cuando padeces de insomnio, nunca estás del todo dormido, y nunca estás del todo despierto. Ahora yo soñaba despierta, y me despertaba en sueños, tan reales como terroríficos. Siempre había tenido problemas para dormir por las noches, pero se agravaron hace unos seis meses. Pero aunque solo hubiese pasado ese tiempo, en mi memoria no se conserva ni un solo recuerdo de una época en la que durmiese plácidamente.
El camino al trabajo es como cada día. En el autobús estoy sola, al lado de personas que piensan en sus cosas, absortos de la realidad que les rodea. Un autobús es como una gigantesca cápsula en la que estás a solas delante de cientos de ojos observándote. Me pregunto, mientras oteo el singular paisaje de hierro, plástico y seres orgánicos, si estas personas duermen bien por las noches. Pero no hay manera de saberlo.
Al bajar del autobús y comenzar a bajar la calle en dirección al banco donde trabajo, la soledad no hace mas que verse condimentada con miles de ojos mas. Andando, un hombre se choca conmigo. Se cae al suelo una pequeña carpeta marrón que llevaba en la mano. Me mira, sus ojos verdes me parecen menos vacíos que cualquiera de los que hay allí. Está bastante demarcado, viste ropa esperpéntica y sobre la cara le descansan miles de pelos, agrupándose en una descuidada barba de dos o tres días.
-Lo siento.- Le digo. Él me devuelve una sonrisa y me dice que la culpa también es suya, recoge su carpeta y se va. Continuo mi camino hasta llegar al banco, donde entro y avanzo hasta mi silla. Conecto el ordenador, dejo mis cosas en el suelo y voy a por otro café.
Los clientes van y vienen: quieren abrirse nuevas cuentas, cancelar sus tarjetas de crédito o hacerse unas nuevas. Pero nadie, absolutamente nadie, viene con una cara amable y sonriente. No me preguntan “¿Qué tal estás, Rebecca? Tienes mala cara”, ni siquiera los clientes mas antiguos. Ni siquiera mi jefe. Ni siquiera mis compañeras.
A la hora de comer, Trisha se acerca a mí. Su pie, color chocolate, contrasta con ese color de labios, que a mi me parece mas rojo de lo normal. Me enseña sus zapatos nuevos, dice que le han costado un pastón.
-¿Son bonitos, eh?- Me pregunta
-Son para andar- Le digo. Se ríe descaradamente y se va. Se siente especial. Ojala lo que ami me hace sentir especial en estos momentos no se pueda comprar. Y esq ue no hay dinero para pagar el sueño.
Una melodía de saxofón resuena en mi cabeza cuando vuelvo hacia la para del autobús, para regresar a casa. Cuando la parada está apenas a unos pocos pasos, decido ir andando. Aún es pronto, así que pienso que puedo despejarme andando un poco.
Para llegar a casa, tengo que atravesar un gran parque del que nunca recuerdo el nombre. No se parece al parque de mis sueños: no hay ningún hospital y los perros no me recuerdan a esa horrible pesadilla.
Ando hasta un banco. Me quedo quieta, observandolo, solitario, quieto. Me siento en el tranquilamente. En el banco de al lado hay un hombre de pelo negro largo, chaqueta de cuero y vaqueros que lleva a su lado una guitarra. Junto a el, se sienta un hombre de pelo rizado y revoltoso, ojos marrones y bastante alto. Están hablandode sus cosas. Cierro los ojos y suspiro, sin poder evitar oirles hablar.
-¿Entonces ha sido niño?-Dijo uno de ellos - ¿Como lo habéis llamado?
-Como el hijo del protagonista de tu libro
Se ríen, se levantan y se van. Yo me quedo sola, en el parque vacío y muerto, reflexionando y pensando.
jueves, 6 de mayo de 2010
Se acaba el descanso...
Primero de todo, y creo que es una pregunta que todo escritor se hace aunque ni se entere, y és "¿Por qué escribir?". En su prólogo de "El Pistolero", Stephen King dice que hay dos tipos de escritores: los que escriben para los demás y los que escriben para sí mismos. Yo aún no se si escribo para vosotros o escribo para los demás. Escribo por que quiero escribir y no me importa para quien quiero escribir.
Después, pensé en algo que siempre me ha preocupado a la hora de escribir: la obra. Siempre he pretendido crear cosas nuevas, pero cuando las releo me doy cuenta de la inmensidad de autores e historias que hay detrás y que han condicionado lo que he escrito. Entonces me dí cuenta de que "innovar" en el vocabulario de un escritor no es una palabra tan importante como reiventar. Al fin y al cabo, todas las historias son, en el fondo, lo mismo. Pero es el escrrtor quien le da su punto de personalidad al volver a revisar una história y añadirle sus valores, modificar loq ue crea necesario y escribirla para... en fin, para lo que quiera. Es como cuando Picasso pintó Las Meninas, no le ineresaba innovar, solo quería reinterpretar algo que le gustaba. Y me he dado cuenta de que yo hago algo parecido, y que voy a dejar de intentar evitarlo.
En breves pondré un nuevo capítulo de Dementes, espero que lo disfruteis tanto como yo escribiendolo.
Cuidad bien de vuestros pies.
Dathan May
sábado, 6 de marzo de 2010
Descanso
Atentamente
Dathan May
martes, 29 de diciembre de 2009
Dementes (1)
1- Rebecca Lissman: Noches de luz.
Sintiendo el frío en mi pecho suelto el dulce regalo que a veces la cordura me ofrece. El sol aun no ha hecho ademán de surgir. Miro el reloj, solo son las cuatro de la mañana. Mi último recuerdo de la noche es mirar ese mismo reloj y ver que eran las tres y media. La cabeza retumba como si fuese un tambor. Pruebo mil y una posturas, pero ninguna me resulta cómoda.
Oigo un ruido fuera de la habitación. Me levanto, temblorosa, palpo la pared hasta encontrar el interruptor de la luz, y lo presiono. El fogonazo es tal que parece como si todo lo que hay a mi alrededor vaya a incendiarse de un momento a otro.
Observo lentamente la habitación. Todo es blanco y solo hay una cama en una esquina, también blanca. Está todo muy vacío, como si se hubiese acabado el mundo. No reconozco nada, así que dudo al acercarme, paso a paso, a la puerta, preguntándome donde están mi armario, mi mesita de noche con mi reloj. La puerta se alza ante mí, blanca, fría como el hielo. Extiendo la mano hasta el picaporte. Al tocarlo aparto la mano instintivamente: está ardiendo.
Me muerdo el labio, aguanto el dolor y oprimo el picaporte con fuerza. Intento bajarlo, pero está muy duro. Fuerzo y fuerzo, y finalmente va bajando lentamente. Empujo la puerta y la luz de la habitación blanca resalta con la oscuridad que hay fuera.
No se ve nada, todo está frío. Doy un paso y mi pie tropieza con algo. Me agacho lentamente a recogerlo, palpando el suelo en busca de ese objeto. Lo aferro con fuerza una vez lo he encontrado y lo levanto. En ese instante, una tenue luz aparece. Estoy al lado de una farola, que se acaba de encender. Poco a poco, todas las farolas se encienden, iluminando un parque que me resulta familiar. Miro lo que tengo en mis manos, es una pistola.
Mi primer impulso es soltarla, pero luego decido aferrarla fuertemente y comenzar a andar. Tirito de frío, todo me da vueltas por la falta de sueño. Comienzo a andar, paso a paso. En mi cabeza resuena el eco de un goteo incesante, que va cortando a cada gota mi piel como si fuese un bisturí. Comienzo a caminar lentamente, mientras el ruido se hace más fuerte.
Comienzo a oír un gruñido. Aferro mi arma y busco con mi mirada el origen del sonido. Veo como unos matorrales, a un lado del camino transitable, se mueven. De ellos, saltando la pequeña verja de metal de un color marrón oscuro, sale un perro blanco, muy pequeño, temblando de frío.
-Pequeño- Digo, sonriente. El alma se me tranquiliza y me agacho para llamarle e intentar consolarle. El perro me mira con pavor, temiendo la figura de una desconocida como yo. Intento sonreír, y digo con toda la dulzura posible- Ven, tranquilo.
El perro se acerca a mi dubitativo. Cuando está a mi alcance, le paso la mano suavemente por el lomo. Despues, le acaricio la oreja y finalmente el hocico. En cuanto intento apartar la mano, el perro me muerde. Sus colmillos se clavan en mi mano, derritiéndome de dolor. Todo está frio y, de nuevo, el calor emana de sus dientes, recorriendo todo mi cuerpo desde la herida de la mano, subiendo por el brazo y extendiéndose por todo mi cuerpo hasta llegar a mis pies y expandirse por el suelo de ese solitario y oscuro parque.
Golpeo al perro con la culata y suelta mi mano, pero salta sobre mi. ME sorprende que un perro tan pequeño pese tanto y tenga tanta fuerza. Intenta morderme en la cara, pero le paro con la mano que no sujeta la pistola. Hago fuerza y fuerza. No me queda otro remedio. Poso el cañon sobre su cabeza y aprieto el gatillo.
Un sonido estruendoso que se mantiene en el aire por segundos hace que me salpique de sangre. Me levanto corriendo, me limpio la sangre de la cara, asustada y asqueada. Busco el cadáver del perro, pero no está. Solo queda un charco de sangre en el suelo.
Continuo avanzando por el camino de baldosas que ahora me fijo que lleva guiándome. Poco a poco, la distancia entre las baldosas es mayor, dejando ver un suelo de tierra negra que en ocasiones parece que se mueve. Cuando me quiero dar cuenta, estoy descalza, y noto como el frío va recorriendo mi cuerpo otra vez. Empiezo a hartarme de esos cambios de temperatura, pero el camino ya está empezado, y no puedo volver a atrás.
De repente, en toda la oscuridad veo un edificio blanco, de forma rectangular, bastante bajo y ancho. Encima de una doble puerta de cristal descansa una cruz de un rojo sangre intenso. Delante de la puerta, un hombre sin rostro lleva una bata blanca, y diría que me mira, pero no tiene con que. Escucho en mi cabeza, salidas de ningún lugar, palabras de una voz que me resulta, como todo esto, conocida.
-Bienvenida, Rebecca
Me parece intuir una sonrisa en el hombre sin rostro. Todo es muy extraño. Según voy mirando la semblante de ese monstruo, un dolor empieza a crecer dentro de mí. Ya no siento no frío ni calor, solo dolor y mucho, mucho miedo.
-No la estas usando correctamente
Miro a mi mano y veo de nuevo la pistola. El dolor aumenta. No lo dudo un segundo, apunto hacia el hombre sin rostro y disparo. La bala desaparece, quizás nunca salió del cañón.
-Ese arma no es para atacar a los demás. Es para salvarte.
Todo empieza a derrumbarse lentamente, el escenario del hospital se derrumba pieza a pieza, como el rompecabezas que se encuentra en una mesa que está siendo volcada. Todo va desapareciendo menos yo, el hombre sin rostro, y la pistola. Empiezo a escuchar el ladrido suave del perro al que acabo de matar, y de pronto lo veo, vivo, acariciando con su cuerpo las piernas del doctor. Miro el arma, la elevo lentamente. Poso el cañón en mi sien, y aprieto el gatillo.
Sintiendo el frío en mi pecho suelto el dulce regalo que a veces la cordura me ofrece. Palpo la mesita de noche en busca del reloj y lo miro, son las cuatro de la mañana. Mi último recuerdo fuera de ese mundo de pesadilla es mirar ese mismo reloj y ver que eran las tres y media.